Lo que aprendí subiendo un cerro

¿Algunas vez has subido un cerro? Hacía mucho tiempo – ¡años! – que yo no lo hacía.

El fin de semana fuimos, junto con el grupo de Scouts al que pertenecen mi hija y mi esposo, a subir un cerro; se llama Cerro del Borrego. Está muy cerca y siempre hay mucha gente subiendo y bajando, en familia, con amigos, haciendo ejercicio, con sus perros… En la cima hay un ecoparque: miradores, un pequeño museo, área de picnic, los restos de un fuerte donde se libró una batalla, entre otras cosas.

Nos la pasamos muy bien, fue una gran experiencia para los niños (¡y para nosotros!) llegar hasta la cima; ya de regreso me temblaban las piernas 😓 Lo bueno es que tengo un esposo fortachón que se cargó a Héctor un buen tramo de camino tanto de subida como de bajada; si no, no creo que hubiéramos llegado.

¡Puedo rescatar tantas cosas durante esta experiencia que se equiparan a lo que pasa en la vida! El esfuerzo  que hicimos para alcanzar nuestra meta, el apoyarnos y cuidarnos entre todos, las palabras de aliento que recibimos de quienes iban subiendo o bajando (¡vamos, ustedes pueden! ¡ya falta poco!) y que nosotros también ofrecimos, vencer los temores (miedo en los niños a resbalar y a caerse), tener un objetivo durante el trayecto (los niños tenían la tarea de hacer conciencia entre las personas que pasean con sus perros para recoger las heces)…

Lo que más me gustó de todo fue el encuentro fugaz con un señor ya mayor ¡Nos impresionó a todos!

Un hombre mayor, con todo su cabello cano, un porte gallardo, vestido con ropa «de calle» (pantalón, guayabera y zapatos) no con ropa deportiva, muy bien planchado y limpio, iba subiendo ¡con bastón! Llevaba un paso firme y rápido, sudaba y su respiración denotaba el esfuerzo que hacía. ¡Se veía tan concentrado y enfocado! Avanzaba, avanzaba, subía, subía… nos adelantó en el camino.

Todos a su paso volteaban a verlo; era imposible no hacerlo.

Los niños estaban impactados. Mi esposo les iba diciendo que lo tomaran como ejemplo, que vieran su esfuerzo, que no había que rendirse, que siguieran adelante… justo cuando les iba diciendo eso pasamos junto a un pequeño grupo que estaba tomando un descanso. Una mujer, en un tono despectivo, dijo: «¡Ay, pero no es la primera vez que sube! ¡El viene todos los días!»

Todo el día estuve pensando en él… y en la mujer.

Era obvio que no era la primera vez que el señor subía y era lógico que fuera todos los días ¿y qué? ¿Eso quitaba mérito a su acción? ¡Al contrario! Demostraba su disciplina, su proactividad, su determinación. No lo detenía su edad, el hecho de no llevar ropa y calzado apropiados para subir por los trechos escarpados, ni tampoco el llevar un bastón.

Lo mismo puede pasar cuando nos fijamos una meta y empezamos a caminar para alcanzarla. Por el camino encontraremos personas que volteen a vernos cuando pasamos ya sea para animarnos… o para criticarnos.

Habrá quienes traten de minimizar el esfuerzo que estamos haciendo; pero realmente no saben lo que implica para nosotros «ir subiendo el cerro» o qué fue lo que nos impulsó a dar el primer paso, todos los obstáculos que hemos sorteado, los miedos que tuvimos o seguimos teniendo.

A ese señor no le importaba lo que dijera la gente a su alrededor. El tenía la mirada fija en el camino, avanzaba constantemente, totalmente concentrado en su objetivo.

Una cosa es que yo te lo platique y otra verlo. Espero que te lo puedas imaginar y que te sirva de inspiración al igual que a mí.

Tenlo en mente cuando te plantees una meta. Piensa que eres ese señor. No te detengas porque las condiciones no sean las ideales. Atrévete a dar el primer paso. Sube. Recorre el camino una y otra vez. Con el tiempo lo harás mejor.

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